lunes, 7 de marzo de 2011

LA PERRITA PREOCUPADA Y EL GRILLO CONSCIENTE


Hoy os dejo una fábula, relajate, disfrutala, y deja que te llegue al corazón.

 

LA PERRITA PREOCUPADA Y EL GRILLO CONSCIENTE


Dina, una lebrel, nació sin que ninguna preocupación molestara su delicada cabecita.
Todo en Dina era delicado: sus orejas de helicóptero daban vueltas y se inclinaban al oír cualquier sonido fuerte y su cuerpo temblaba ante cualquier cambio repentino o inesperado en la vida.
Cerise, su dueña, sabía que Dina era una pernita delicada, por eso la protegía. Tocaba el piano suavemente y nunca ponía la televisión con un volumen demasiado alto. Le proporcionó a Dina una hermosa canastita con un suave colchón para que pudiera acostarse allí y sentirse segura y protegida.
Así vivió Dina su primer año de vida. Y, aunque sus orejas daban vueltas cuando alguien llamaba a la puerta y su cuerpo temblaba al oír el ruido de un coche, vivía, hasta cierto punto, como un lebrel sin preocupaciones.
Pero la vida de Dina iba a cambiar, porque Cerise decidió que quería cambiar la suya. Cerise trabajaba en una fábrica de chocolate. Cada vez que pasaba una chocolatina por la cadena de montaje, Cense colocaba una pecana sobre ella. Después de pasar cinco años colocando pecanas, se dio cuenta de que necesitaba tener más alicientes en la vida que esperar el próximo trozo de chocolate. Cerise se dio cuenta de que estaba en el planeta Tierra para aprender y para crecer.
Si deseaba hacerlo, no podía estancarse en el chocolate durante el resto de su vida.
Un día, tomó en sus brazos a Dina y le explicó que iba a cerrar el apartamento para viajar por el mundo en busca de nuevas experiencias. Le dijo a Dina que le había encontrado un nuevo hogar muy agradable en casa de un hombre que ya tenía otro lebrel. De manera que Dina no tenía que preocuparse de nada.
Sin embargo, cuando Cerise le dijo esto, Dina se empezó a preocupar. Su cuerpo tembló, sus orejas dieron vueltas y nada de lo que Cerise dijo o hizo la tranquilizó. Dina no culpaba a Cerise por marcharse. Ella tampoco quería que Cerise se quedara estancada en el chocolate para siempre.
Si, Dina tenía de qué preocuparse. Iba a vivir con un hombre extraño que era dueño de un perro extraño y que vivía en un lugar nuevo y extraño. Dina se preocupó tanto, que empezó incluso a preocuparse por el hecho de preocuparse.
Se encontraba en un estado terrible cuando Cerise la puso en los brazos de su nuevo dueño, Aarón. Aarón fue amable con ella y parecía ser una buena persona pero, ¿y si era una buena persona sólo mientras Cerise estaba delante? ¿Y si se trataba de una de esas personas que parecían amables con los animales, pero luego los maltrataban cuando estaban de mal humor? Dina había visto programas en la televisión y su imaginación se disparó. ¿Y si era un vampiro al que le gustaban más los perros que las personas?
Dina era una masa de carne temblorosa y orejas que giraban cuando Cerise se marchó. Aarón la dejó suavemente en el suelo y la presentó a su lebrel, Bixley. Bixley era un año mayor que Dina, un palmo más alto y más largo y, en aquel momento, tenía la pata delantera izquierda entablillada. Bixley parecía bastante amigable y daba la impresión de no ser muy listo. La olió y le dio la bienvenida diciéndole que se sentía feliz por tener una amiga con la cual pasar el rato.
Gracias a la amabilidad de Bixley, Dina empezó a sentirse mejor. Bixley dijo que Aarón no les daría la cena hasta dentro de tres horas, pero que él estaba dispuesto a compartir un hueso de pierna de cordero con ella. Recogió el hueso de su canasta y lo dejó caer con la intención de dárselo a Dina. Por desgracia, Bixley era un poco miope y el hueso cayó sobre la cabeza de Dina.
Dina pegó un grito, sorprendida. No se había hecho daño, pero el susto reanudó el temblor de su cuerpo y aumentó el movimiento de sus orejas. Bixley pidió disculpas.
Temblando, Dina le dio las gracias por el hueso y por la disculpa, y se retiró apresuradamente a su pequeño lecho.
Dina decidió que lo mejor que podía hacer era ponerse a dormir. Cuando empezó a quedarse dormida, el ruido de los ronquidos de Bixley la despertó. Probó a taparse las orejas con sus patas, pero esto tampoco acalló los ronquidos. Estalló en lágrimas y empezó a gemir. Los gemidos la calmaron un poco; al menos hacían que no se notara tanto el ruido de los ronquidos de Bixley. No sabía cómo iba a arreglárselas en su nuevo hogar con un dueño extraño y un perro extraño que dejaba caer huesos sobre su cabeza. De repente, exclamó en voz alta: «¿Qué va a ser de mí?».
Una voz que provenía de la esquina de su camita dijo: «Esa afirmación se basa en la inseguridad».
Dina se preocupó de verdad: ahora hasta oía voces. Una vez más, le llegó la voz: «¿Siempre te sientes tan desvalida y desesperada?».
Dina miró hacia la esquina y vio a una pequeña criatura negra. Se asustó tanto, que salió de la cama de un salto, dando un ladrido tembloroso.
«No te haré daño», dijo la pequeña criatura negra.
Dina, temblorosa, se acercó a su cama y olfateó a la pequeña criatura: «¿Eres un bicho?».
«Claro que no», fue la indignada respuesta. «Soy un grillo».
«Gracias a Dios», replicó Dina, «porque les tengo terror a los bichos». Volvió a su canasta perruna y se acostó: «¿Cuánto tiempo has estado en esta cama conmigo?»
«Sólo unos momentos. Te oí llorar y gemir. A mí me gusta ayudar a las personas que sufren tanto como tú, por eso intento alegrarlas».
«¿Y cómo consigues alegrarlas?», preguntó Dina.
«Toco música para ellas», replicó el Grillo.
¿Suenas como un piano?», preguntó Dina, recordando sus días dorados con Cerise.
El Grillo reflexionó durante unos instantes:
«No, sueno más bien como la sección de cuerda de una orquesta». Dicho esto, chirrió para ella, lo cual sonó como un gorjeo de tono alto. «A veces hago esto durante toda la noche», confesó el Grillo.
«Este sonido consuela mucho», admitió Dina. «Pero ¿no te aburres?».
« ¿Acaso te aburres tú de preocuparte?».
«Ya te entiendo», dijo Dina. «Cada uno de nosotros se acostumbra a cualquier cosa que le resulte natural».
«Pero preocuparse no es natural», afirmó el Grillo. «Yo nací para chirriar.., eso sí es natural, en cambio, tú no naciste para preocuparte».
«A veces me pregunto por qué nací», dijo lloriqueando Dina.
«Naciste por la misma razón por la que nacieron todos los demás en la Tierra: para aprender y crecer».
«Pero yo no he crecido», se lamentó Dina. «Yo fui la más pequeña de la camada», y luego mirando al Grillo, añadió: «y tú, por lo que veo, tampoco creciste mucho».
«No estoy hablando del crecimiento del cuerpo», dijo el Grillo, impaciente. «Yo soy grande por dentro.»
«¿Qué significa eso?», preguntó Dina.
«Aprendí a quererme. Estoy lleno de amor, de alegría, de felicidad.., y no me preocupo», replicó el Grillo.
Dina miró al Grillo con gran interés:
«¿Cómo aprendiste a hacer eso?».
«Confiando en mi Grillo Superior», replicó el Grillo.
Dina miró al grillo, confundida: «¿Tienes un Grillo Superior?».
«Si», contestó el grillo, «al igual que tú tienes un Lebrel Superior».
Dina no podía creer lo que sus orejas giradoras estaban escuchando. «¿Estas diciendo que tengo un Lebrel Superior que es grande y fuerte y que no se preocupa por nada?».
«Estás empezando a comprender», asintió el Grillo.
Dina movió lentamente la cabeza de lado a lado: «Me resulta difícil de creer».
«Todo el mundo en este planeta tiene un Yo Superior. El truco está en aprender a confiar en él».
«Pero si yo ni siquiera confío en mí misma», dijo Dina. «¿Cómo puedo confiar en un yo al que no puedo ver?».
«Quizá yo pueda ayudarte», gorjeó el grillo suavemente.
«¿Por qué querrías ayudarme?», preguntó Dina.
«Porque te amo», dijo simplemente el grillo.
Dina miró al Grillo con desconfianza: «El matrimonio está descartado».
El grillo rió. «Cuando alguien se ama a sí mismo plenamente, también puede amar a Todo el mundo. Así es como yo te amo».
Dina movió la cabeza poco convencida: «Va a ser una tarea difícil. ¿Qué quieres a cambio?».
«Nada», dijo el Grillo. «Sin términos, sin condiciones».
Dina se quedó muy pensativa. Cerise la había querido, pero tenía términos y condiciones. Había insistido en que Dina se sentara y rodara. Era estúpido, pero Dina lo hacía por complacer a Cerise. Además, le daba más galletas por hacerlo. Ahora tenía aquí a un extraño grillo que la quería y estaba dispuesto a enseñarle a amarse a sí misma y a confiar en sí misma sin pedir nada a cambio.
Evidentemente, era difícil confiar en alguien así. Dina miró al grillo con desconfianza. No obstante decidió aceptar su oferta. «¿Qué es lo primero que tengo que hacer?», preguntó.
«No tienes que hacer nada», replicó el grillo. «Vivir no es hacer. Es ser».
Confundida, Dina preguntó: « ¿Cómo voy a ser una lebrel que no se preocupa?».
«Simplemente dejando de preocuparte», contestó el grillo. «Si has de preocuparte, adelante, preocúpate; al final no te quedará nada de qué preocuparte».
Esto era demasiado para Dina. El grillo le estaba dando dolor de cabeza. Para escapar del grillo y del dolor de cabeza, se quedó dormida. Aquella noche, tuvo un sueño que iba a cambiar su vida.
Pidió ver a su Yo Superior; en cuanto lo hizo, se convirtió en una lebrel que abarcaba todo el espacio. Era las estrellas del cielo, la Luna creciente; era la Tierra y todos los demás planetas.
La Vía Láctea se convirtió en un enorme hueso que ella tenía en la boca. Entonces miró hacia abajo y vio a Bixley. En el estado consciente, Bixley era mucho más grande que ella, pero, para su Yo Superior, Bixley era como un diminuto perrito de juguete. Dina abrió la boca y dejó caer la Vía Láctea sobre la cabeza de Bixley, que quedó plano como una hoja de papel sobre el suelo. Ladró alegremente. Su ladrido llenó el cosmos. Fue poderoso, fuerte y gozoso. Cuando dejó de ladrar sucedió algo peculiar: el ladrido continuó y se fue haciendo cada vez más potente. Entonces se despertó, con un terrible dolor en el oído izquierdo.
Descubrió que Bixley le estaba ladrando en la oreja.
«¿Qué diablos haces?», preguntó con brusquedad.
Bixley, sorprendido ante su enojo, retrocedió apresuradamente: «Sólo estaba ladrando los ‘buenos días’».
¡Dina estalló! «Tengo algo que aclararte... no es mi intención ofenderte, pero tú no eres tan sensible como yo. Y si quieres que seamos amigos tendrás que ser más cuidadoso conmigo».
«Oh, claro», dijo Bixley tragando saliva.
«Y si vuelves a olvidar que soy sensible, dejaré caer un hueso cósmico sobre tu cabeza!».
Bixley la miró fijamente durante un instante; luego se retiró apresuradamente a su lecho perruno.
«¡Bravo!», exclamó una voz detrás de ella.
Dina dio un salto y se giró, pero no vio a nadie.
«Estoy sentado en tu cola», aclaró el Grillo.
«¡Me has asustado!», dijo Dina. «Cuando no te vi por aquí esta mañana, pensé que te habías marchado».
«Acabo de regresar», dijo el grillo. «Anoche decidí explorar la casa. Luego me perdí en el tubo del aire acondicionado».
«¡Qué horrible!», exclamó Dina.
Dina abrió la boca para seguir hablando y el grillo le leyó la mente. «No, no me preocupó perderme. La vida es una sede de tubos de aire acondicionado. Van en todas direcciones y si te pierdes, te sientas tranquilamente hasta que tu Yo Superior te diga cuál es la salida».
Dina estaba asombrada: «Podrías haber muerto ahí dentro.... ¿y no te preocupaste? ¿Fuiste capaz de permanecer sentado en silencio durante toda la noche?».
«No estuve realmente en silencio», confesó el Grillo. «Me aburría tanto que chirrié durante toda la noche. Luego, por la mañana, vi que entraba la luz por una de las aberturas y me arrastré hasta el exterior».
«¡Eres sorprendente!», exclamó Dina.
«Tú también», dijo el grillo.
« ¿Qué quieres decir?», preguntó Dina.
El grillo bajó de un salto de la cola de Dina y dio la vuelta para colocarse delante de ella; así podía verla cara a cara. «Por el modo en que le hablaste a Bixley hace un momento».
Dina reflexionó durante unos instantes. «Tienes razón», dijo. «Ayer no me hubiese atrevido a hablarle de ese modo».
El grillo sonrió: «Probablemente conociste a tu Yo Superior en un sueño».
«Así es», asintió Dina.
«Y te sentiste poderosa. Normalmente te habrías preocupado por lo que Bixley hubiese pensado de ti si le hubieras hablado de ese modo», dijo el grillo.
«Pues es verdad», admitió Dina. «Le eché un rapapolvo y no me preocupó ni por un instante lo que él pudiera pensar de mí».
El grillo asintió en señal de aprobación: «Ese es tu primer paso hacia la autoestima».
«¿Necesito autoestima?», preguntó Dina.
«Toneladas de ella», contestó el grillo. «Cada vez que te arriesgas a decir o hacer algo que no has hecho antes, ganas autoestima y te quieres más. La autoestima total es quererte totalmente a ti misma».
Las arrugas de preocupación empezaron a desaparecer de la frente de Dina y pareció ser realmente feliz por un momento: «Me pregunto si me hubiese querido más de haber mordido a Bixley».
El grillo sonrió: «Es mejor que el riesgo que corras sea positivo. En tu caso, es necesario que te arriesgues al cambio, porque el cambio es lo que más te preocupa». Dina asintió ante la verdad de estas palabras: «Voy a empezar a arriesgarme a los cambios», dijo decidida.
El sonido del teléfono los interrumpió. Aarón salió del baño corriendo y secándose con una toalla al mismo tiempo. Levantó el auricular, eran su madre y su padre. Le preguntaron si le gustaría ir a visitarlos a Carmel durante unas semanas. Aarón dijo que le encantaría. Aquella época era especialmente buena para hacer las maletas y partir. Un grillo se había quedado atrapado en el aire acondicionado y su chirrido lo había mantenido despierto toda la noche. «Quizá, para cuando regrese ya haya encontrado el camino de salida», dijo Aarón, esperanzado.
El grillo y Dina se sonrieron.
Aarón continuó hablando por teléfono: «Traeré a Bixley. Por cierto tengo una nueva lebrel llamada Dina. ¿Os importa que la lleve también a ella?».
«¡ Qué bien!», exclamó. «Los meteré en el coche y mañana estaremos ahí».
Dina estaba asustadisima. Apenas había empezado a acostumbrarse a su nuevo hogar y ya la iban a llevar a Carmel. Su cuerpo empezó a temblar y sus orejas a dar vueltas.
«Tranquila», intentó calmarla el grillo. «Recuerda lo que acabas de decir acerca de arriesgarte al cambio».
«Decirlo y hacerlo son dos cosas distintas», se quejó Dina.
«Pídele a tu Yo Superior que te ayude a asumir este riesgo sin miedo».
Dina lo hizo e, inmediatamente, su cuerpo dejó de temblar y sus orejas cesaron de dar vueltas. «Esto funciona», ladró Dina alegremente.
«Claro que funciona», dijo el grillo. «Y cada vez que superas el temor a correr un riesgo, tu autoestima aumenta».
Dina empezó a captar la idea: «Y cuanta más autoestima tenga, más me querré a mí misma».
«Exacto». Entonces el grillo preguntó de repente: «¿Qué es lo contrario del amor?».
«El odio», replicó Dina al instante.
El grillo movió la cabeza, negando. «No. Lo contrario del amor es el miedo».
Dina pareció sorprendida.
«Imagina que eres una botella de leche», dijo el grillo. «Ahora imagina que tu botella está llena de amor. Si tu botella está llena de amor, no hay sitio para el miedo. En cuanto empiezas a preocuparte o a dudar de ti misma, tu amor disminuye, con lo que deja lugar para que el miedo entre en la botella».
En ese momento, Aarón entró en la habitación con una maleta en la mano. Miró a Bixley y a Dina.
«Muy bien, pandilla», dijo, «todo el mundo al coche». Salió por la puerta delantera y Bixley lo siguió inmediatamente, tras recoger su hueso.
Dina se quedó paralizada. Su cuerpo empezó a temblar y sus orejas, a dar vueltas.
«¿Qué  pasa?», preguntó el grillo. «Supongo que mi botella se ha vaciado», contestó Dina.
«Eso les sucede incluso a los mejores», dijo el grillo alegremente.
«Pero a mí me sucede con tanta rapidez... no soy más que miedo instantáneo».
«Lo más importante para aprender a amarte a ti misma es ser amable contigo misma. No te juzgues», dijo el grillo suavemente.
Dina miró al grillo esperanzada. «¿Todavía piensas que tengo posibilidades de amarme a mí misma?».
«Por supuesto que sí», le aseguró el grillo. «Roma no se construyó en un día.., ni tampoco el lebrel».
«¿Vendrás a Carmel conmigo?» le suplicó Dina. «Si no lo haces, jamás lo conseguiré».
Aarón reapareció en el umbral. «¡Dina! » ordenó, «¡Dina vamos!».
«Me gustaría acompañarte, pero no tienes suficiente pelo para esconderme».
Dina se empezó a preocupar.
«Intentemos resolver este problema», dijo el grillo levantando la pata delantera para rascarse la cabeza. «¿Te importa si monto bajo tu collar?».
Dina lo pensó: «No me entusiasma tener un insecto debajo de mi collar, pero para mí sería peor que se quedase aquí».
El grillo subió a la espalda de Dina de un salto y se deslizó bajo su collar. Enseguida ella corrió hacia el coche para unirse a Aarón y Bixley.
En el camino a Carmel, Dina se sentó en el asiento trasero.
Se pasó el viaje mirando por la ventana, fascinada, impresionada por el escenario. Se volvió hacia Bixley, que yacía a su lado en el asiento, medio dormido: «¿No es sencillamente hermoso?», le preguntó a Bixley.
Bixley abrió un ojo: «¿Qué es hermoso?».
«El paisaje», replicó Dina. «¿Qué te parece?».
Bixley bostezó y respondió: «Hay mucho paisaje». Volvió a cerrar el ojo.
Dina se lo quedó mirando: «Bixley, ¿alguna vez te preocupas?».
Bixley volvió a abrir un ojo. «Sólo cuando estoy despierto». Dicho esto, cerró inmediatamente el ojo y empezó a roncar.
«Nunca aprenderá a quererse”, le comentó Dina al grillo.
¿Recuerdas lo que te dije acerca de no juzgarte?».
«No me estaba juzgando. Estaba juzgando a Bixley», replicó Dina.
«Bueno, ciertamente no aprenderás a amarte a ti misma si juzgas a los demás. Bixley es como la mayoría de las personas que permanecen dormidas para escapar de la pesadilla en la que viven».
Dina se quedó pensativa. «¿Estas diciendo que, incluso cuando creemos que estamos despiertos, en realidad estamos dormidos?».
El grillo asintió.
«¿Cómo podemos despertar?», preguntó Dina.
El grillo asomó la cabeza por debajo del collar para ver algo del paisaje. «Aprendiendo de la experiencia, en lugar de intentar escapar hacia la inconsciencia».
Dina movió la cabeza un tanto aturdida. «No estoy segura de comprenderlo».
«No tienes por qué comprenderlo todo en cuanto te lo dicen», dijo el grillo suavemente. «En cualquier caso, aprender algo racionalmente no te hace ningún bien. Tienes que aprenderlo con el corazón y hacerte dueño de ello».
Aunque Dina apreciaba los esfuerzos que el grillo hacía por enseñarle, en esos momentos se sentía abrumada.
Aarón se detuvo de improviso en un área de servicio y le dijo a Dina que podía salir con él.
Los sonidos nuevos y los olores nuevos de un lugar nuevo hicieron que Dina empezara a temblar, y sus orejas a dar vueltas. Recordando los consejos del grillo, solicitó a su Lebrel Superior que la ayudase a serenarse y, en cuestión de segundos, su cuerpo y sus orejas se calmaron. La pata dolorida de Bixley no le permitió a éste acompañar a Dina y a Aarón. Dina se sintió afortunada porque le gustaba que Aarón le prestase atención.
Abandonaron el área de servicio, entraron en el coche y aceleraron por la autopista hasta llegar a la línea costera de California.
Pasaron delante de las amapolas californianas y de los campos amarillos de mostaza salvaje.
Todo estaba verde, al igual que en Seattle, pero el sol era cegador. Dina, acostumbrada a vivir en espacios cerrados, entornó los ojos y empezó a temblar una vez más.
Pasaron por Sunnyvale, por Watsonville... incluso por un pueblo llamado Prunedale. Las orejas de helicóptero de Dina giraron de alegría: ¡Qué nombre tan gracioso! Su cuerpo se puso a temblar de nuevo, esta vez, Dina se dio cuenta de algo. Sus orejas no daban vueltas ni su cuerpo temblaba porque ella tuviera miedo; de hecho, estaba disfrutando intensamente del viaje. Se dio cuenta de que la alegría y el entusiasmo la hacían temblar tanto como el miedo. ¿Qué iba a hacer? Pasar el resto de su vida temblando de alegría, de emoción y de miedo? Empezó a preguntarse si estaría preparada para el mundo. Contempló a Bixley, que dormía plácidamente mientras ella estaba ocupada ordenando sus sentimientos, con una cierta envidia. Entonces recordó las palabras del grillo: Bixley se pasaba casi todo el tiempo dormido para escapar de la pesadilla en la que vivía.
De repente, lo comprendió. Dijo en voz alta:
«Estar despierto significa estar vivo. La alegría, el miedo y la duda son parte de la vida».
«Lo has comprendido. nena», gorjeó una voz que no había oído desde hacía un rato.
«¿Dónde has estado?», le preguntó Dina al grillo.
«He estado montado en la radio del coche de Aarón», replicó el grillo. «Las vibraciones hacen que me sienta bien».
«Me alegro de que estés de vuelta. No parece que me vaya muy bien. Tengo tanto miedo como el día en que te conocí».
«¡Ah!», exclamó el grillo, «pero hay una diferencia. Reconoces el miedo y estás dispuesta a superarlo. Como ya dije, sigue llenando tu botella con amor hacia ti misma y no habrá lugar para el miedo».
«Lo intentaré», suspiró Dina. No habían transcurrido más de quince minutos cuando Dina fue puesta a prueba.
Aarón detuvo el coche en el estacionamiento de una playa, cerca de la costa. Bixley seguía cuidando de su pata herida, de modo que Aarón invitó a Dina a correr por la playa con él.
Dina salió del coche con cautela. Nunca antes había estado en una playa. Mientras caminaban en dirección a la arena, vio una línea de margaritas plantadas al final del estacionamiento. Mordió una, porque le pareció muy hermosa y tentadora. Pero su sabor era amargo, de modo que la escupió, haciendo una mueca.
«La vida es amarga», concluyó en voz alta.
«No», la corrigió el grillo, «la margarita es amarga. Si hubieses mordido una papaya habrías llegado a la conclusión de que la vida es dulce. La vida simplemente es, y si tú emites juicios acerca de aquello que muerdes, no estás en armonía; y cuando no estás en armonía no sientes amor hacia ti misma».
«Me vas a provocar otro dolor de cabeza», dijo Dina.
En ese momento Aarón tomó a Dina en sus brazos y la llevó al agua con él. Las olas que golpeaban contra la orilla perturbaron a Dina. Y cuando él la dejó en la orilla, una pequeña y helada ola la salpicó y la congeló hasta los huesos. Regresó corriendo a la playa y se refugió junto a un gran canto rodado. Se apoyó contra él para mantener el equilibrio de su cuerpo tembloroso, pero no funcionó. Sus piernas cedieron y cayó temblando en la arena.
«No estoy mejorando», se quejó al grillo. «Durante todo el tiempo que he estado en el agua, he pasado miedo. No importó cuántas veces me dije a mí misma que me quería».
«Eso es porque no te lo creíste», replicó el grillo. «Para ti, amarte a ti misma no es más que una idea. No lo sientes con el corazón, ni lo crees».
¿Llegaré alguna vez a creer con el corazón que me quiero a mí misma?».
«Sí, en cuanto estés dispuesta a confiar», dijo el grillo suavemente.
«¿Confiar en qué?», preguntó Dina, mientras intentaba calentarse enterrándose en la arena.
«En el Poder Superior», replicó el grillo. «La poderosa fuerza creadora que hizo de ti una lebrel y de mí un grillo».
«Si es tan creadora», dijo Dina, «¿Por qué hizo de mí una miedosa, en lugar de una lebrel fuerte?».
«Como ya he dicho», sonrió el grillo, «estás en este planeta para aprender y crecer. Aprender a amarte a ti misma impedirá que tengas miedo».
No tuvieron tiempo para continuar conversando, ya que apareció Aarón, quien secó a Dina con una toalla y la llevó de vuelta al coche.
«Ya te acostumbrarás a la arena y al agua», le dijo dulcemente a Dina.
Dina sintió que se trataba de algo más profundo que eso. Tenía que acostumbrarse a vivir!
Esa misma tarde llegaron a casa de los padres de Aarón. Dina continuaba llenando de amor su botella para no temblar demasiado de miedo, cuando la madre de Aarón la levantó del suelo.
«¡Qué perrita más adorable!», dijo. «Y mira cómo mueve las orejas. Nunca había visto una cosa igual». Todos rieron.
«He notado que lo hace siempre que está preocupada o ansiosa», dijo Aarón. Le dio unas palmaditas cariñosas hasta que dejó de temblar
Dina estaba terriblemente avergonzada. El hecho de temblar y de mover las orejas delataba su miedo ante todo el mundo. Intentó controlar su cuerpo para que dejara de temblar y convencer a sus orejas de que se quedaran quietas. Finalmente, consiguió ambas cosas. La madre de Aarón la dejó en el suelo y el padre de Aarón puso un plato de comida para perros delante de ella y de Bixley. Ambos ladraron agradecidos.
Más tarde, esa misma noche, mientras estaba acostada tranquilamente sobre una cama para perros que Aarón había traído, le dio las gracias al grillo, que se encontraba sentado en su colchón estirando y frotándose las patas. «Realmente, hoy no lo he hecho tan mal», admitió ella.
«Lo has hecho muy bien», dijo el grillo, buscando a su alrededor el aire acondicionado. Había decidido que le gustaba el sonido de su voz amplificada por los tubos del aire acondicionado. Parecía toda una orquesta y hacía que se sintiera bien. Miró a Dina, pensativo: «Creo que estás preparada para correr un riesgo consciente».
«¿Qué es eso?», preguntó Dina.
«Eso es arriesgarse deliberadamente a hacer algo que nunca antes te habías atrevido a hacer».
«No creo que me atreva siquiera a pensarlo», dijo Dina.
Sin embargo, al día siguiente, por la tarde se le presentó inesperadamente esa oportunidad. Aarón llevó a Dina de paseo para explorar Carmel. El hecho de olfatear un montón de olores nuevos y extraños en una calle extraña, en una ciudad extraña, con un dueño al que todavía no se había acostumbrado del todo, hizo que Dina empezara a temblar y a hacer girar las orejas al instante. Temblaba tanto que casi tira al grillo, quien estaba bajo su collar.
«Pídele a tu Yo Superior que te ayude a llenarte de amor», le recordó el grillo.
Dina lo hizo y notó que se tranquilizaba cada vez más. Cuando habían andado unas cuantas calles ya casi estaba serena; habría podido mantenerse así el resto de la noche si Aarón no hubiese tomado una decisión repentina. Se dio cuenta de que estaba muy hambriento e hizo una parada en un conocido restaurante de Carmel. Como sabía que no dejarían entrar a Dina, la escondió dentro de su voluminosa cazadora. Luego entró en el restaurante con la lebrel oculta.
Una vez sentado, Aarón sacó a Dina rápidamente de su cazadora y la colocó en un banco junto a él. Dina asomó la cabeza cautelosamente por encima de la mesa y miró a su alrededor.
Había velas en todas las mesas, lo cual le daba un aire romántico al lugar. Sin embargo, para la naturaleza nerviosa de Dina, las velas sencillamente distorsionaban todos los rostros, que de este modo se parecían a los demonios que ella veía en sus pesadillas cuando comía demasiados huesos de leche.
Entonces, al mirar en dirección a la mesa que estaba delante de ellos, se quedó boquiabierta. A pesar del parpadeo de las velas, reconoció al hombre que estaba sentado a tan sólo un metro de distancia. Era Clint Eastwood.
Cerise y ella lo habían visto muchas veces en la televisión. Dina le susurró rápidamente al grillo que saliera de debajo de su collar y le echara un vistazo. El grillo también reconoció a Clint Eastwood porque había vivido en el sistema de aire acondicionado de una plataforma de sonido de la Warner Bros y había estado presente en dos de sus filmaciones. Dina le dijo al grillo que siempre había sido una admiradora de Clint Eastwood y que siempre había deseado secretamente conocerle.
«He aquí tu oportunidad», dijo el grillo.
«¿Que quieres decir?», preguntó Dina nerviosa
«Esta es tu oportunidad de arriesgarte conscientemente», aclaró el grillo.
Dina estaba pasmada. «¿Quieres decir que debería acercarme a su mesa y presentarme?».
«Exacto», dijo el grillo. «Esta es tu gran oportunidad de hacer algo que nunca te habrías atrevido a hacer».
«Olvidalo», dijo Dina. «Sigo sin atreverme a hacerlo».
El grillo insistió: «¿Qué es lo peor que te podría pasar?».
Dina pensó durante un momento en su interpretación de Harry el Sucio: «Podría pegarme un tiro».
«Eso no es más que un papel que ha interpretado en el cine», dijo el grillo.
«¿Y si ha acabado creyéndose su personaje?».
«Estás inventando cosas para asustarte a ti misma», dijo el grillo.
«Pero el camarero podría echarme», protestó Dina. «Y además, haría que Aarón se avergonzara de mí».
«Respira profundamente», ordenó el grillo, «llénate de amor y tu temor de conocer a Clint Eastwood desaparecerá».
Dina hizo lo que le pidió el grillo y, ciertamente, se sintió más fuerte por dentro.
«Creo que iré hasta él», susurró Dina. Antes de que Dina pudiera cambiar de opinión, el grillo salió de un salto de debajo del collar de Dina, pegó un brinco hasta el final de su cola y la mordió.
Sobresaltada, Dina dio un salto desde su asiento y se encontró delante de dos grandes botas de vaquero.
Le lanzó una mirada furiosa al grillo: «Vuelve a hacerlo y perderás tu viaje gratis bajo mi collar». Luego se ocultó debajo de la mesa.
A esas alturas, las orejas de Dina ya habían empezado a dar vueltas y su cuerpo a temblar. «Está bien, esto ha ido demasiado lejos», le dijo al grillo. «Regresaré junto a Aarón».
«No, no lo harás. Salta hasta la silla que hay junto a él y preséntate», la animó el grillo.
Dina miró a Clint, que era varios perros más alto que ella: «No puedo. No lo haré. No puedo», dijo Dina. «Ni el propio Dios podría conseguir que lo hiciera».
En ese momento, el camarero dejó caer una enorme bandeja llena de platos a tan sólo un palmo de distancia de Dina.  Dina dio un salto mortal y cayó en la silla que había junto a Clint.
«Dios obra de maneras misteriosas», dijo el grillo.
Clint Eastwood se sobresaltó tanto como ella y dejó de hablar con el hombre que lo acompañaba. Se volvió y vio a una diminuta y temblorosa lebrel con unas orejas que daban vueltas. Le sonrió y luego extendió la mano para acariciarla. Dina le lamió la mano.
«¿De dónde has salido, pequeña?».
Dina estaba demasiado aturdida como para oírlo. También estaba confundida por el hecho de haberle lamido la mano a Clint Eastwood.
Clint se volvió hacia el hombre que había a su lado, que era su agente, y dijo: «Es mona, ¿verdad?
El hombre sonrió y asintió mostrando su conformidad: «Mira cómo se mueven sus orejas. Nunca había visto una cosa igual».
Clint Eastwood asintió: « ¿Sabes?», dijo pensativo, «he estado buscando un perro para mi próxima película. No había pensado en un lebrel, pero ese truco de las orejas que dan vueltas realmente podría enganchar a los espectadores».
Su agente estuvo de acuerdo.
Clint se volvió hacia Dina y le preguntó, «¿Te gustaría ser una estrella de cine, jovencita?».
Dina no podía creer lo que oían sus orejas giradoras. En ese momento, Aarón descubrió la ausencia de Dina, por lo que se puso en pie de golpe.
«Siento que mi perra lo haya molestado, Sr. Eastwood». La cogió en sus brazos.
Clint sonrió: «¿Le gustaría que trabajara en mi próxima película?».
Aarón no podía creer lo que acababa de oír. La única diferencia con Dina fue que sus orejas no dieron vueltas: «Pues, sí. Por mí no hay problema, si Dina está de acuerdo».
«¿Alguna objeción a convertirte en una estrella de cine, Dina?».
Dina lo miró, sin poder pronunciar ladrido.
El grillo le hizo cosquillas en la oreja. Dina movió la cabeza como si dijera que no con la intención de hacerlo caer. Aarón, Eastwood y su agente rieron.
«Es bastante lista, o de lo contrario, usted nunca hubiese podido enseñarle a mover la cabeza de ese modo», dijo Eastwood. Señaló al hombre que había a su lado: «Déjele su número de teléfono a Harry y él se pondrá en contacto con usted”.
Una vez fuera del restaurante, Aarón dejó a Dina en el suelo para que caminara de regreso a casa. El cuerpo de Dina temblaba tanto de emoción, que a duras penas consiguió mantenerse en pie.
«Voy a ser una estrella de cine», le dijo con voz entrecortada al grillo.
«¿Ves lo que sucede cuando superas el miedo?», dijo el grillo. «Quizá incluso consigas dejar las huellas de tus patas en Graumari’s Chinese, junto a las de Lassie».
Las orejas de Dina empezaron a dar vueltas. El grillo la miró con curiosidad: «¿Qué  es lo que te preocupa ahora?».
«Nunca he tomado clases de interpretación», dijo Dina preocupada. «¿Y si fracaso?».
«Aun así estarás mejor que ahora», dijo el grillo. «Solías preocuparte por que no eras nadie y ahora podrás preocuparte porque eres alguien».
« Dios mío!», exclamó Dina. «Iré a Hollywood. Estaré completamente sola en la ciudad del oropel», gimió.
«No estarás sola. Yo estaré contigo». «verdad?», dijo Dina algo más reconfortada. «Pero, ¿qué harás tú en Hollywood?».
El grillo extendió la pata delantera: «Dale la mano a tu nuevo representante».


FIN

*    *    *

No hay comentarios:

Publicar un comentario